Las moscas: Horacio Quiroga

Las moscas es un relato del escritor Uruguayo Horacio Quiroga (1878 – 1937) es considerado hasta hoy como uno de los mejores cuentistas de nuestra Latinoamérica.

Las moscas es un cuento que trata sobre un hombre que sabe que morirá solo en la selva y en breves momentos. Se relata en primera persona todo lo que es propiamente humano y por tanto espiritual (“clarísima y capital, adquiero desde este instante mismo la certidumbre de que a ras del suelo mi vida está aguardando la instantaneidad de unos  segundos para extinguirse de una vez”); y en tercera persona aquello que es animalidad, materialidad o naturaleza. Son dos voces con las que el autor disecta su ambivalencia, su filosofía materialista y su vivencia de hombre que trasciende la materia y sus circunstancias. Dos voces que reflejan un conflicto interior no exento de un humor irónico, típicamente oriental y también porteño.


Horacio Silvestre Quiroga Forteza (1878 – 1937)



Al rozar el monte, los hombres tumbaron el año anterior este árbol, cuyo tronco yace en toda su extensión aplastado contra el suelo. Mientras sus compañeros han perdido gran parte de la corteza en el incendio del ro­zado, aquél conserva la suya casi intacta. Apenas si a todo lo largo una fran­ja carbonizada habla muy claro de la acción del fuego.

          Esto era el invierno pasado. Han transcurrido cuatro meses. En medio del rozado perdido por la sequía, el árbol tronchado yace siempre en un pá­ramo de cenizas. Sentado contra el tronco, el dorso apoyado en él, me ha­llo también inmóvil. En algún punto de la espalda tengo la columna ver­tebral rota. He caído allí mismo, después de tropezar sin suerte contra un raigón. Tal como he caído, permanezco sentado —quebrado, mejor di­cho— contra el árbol.

          Desde hace un instante siento un zumbido fijo —el zumbido de la le­sión medular— que lo inunda todo, y en el que mi aliento parece defluirse. No puedo ya mover las manos, y apenas si uno que otro dedo alcanza a remover la ceniza.

          Clarísima y capital, adquiero desde este instante mismo la certidum­bre de que a ras del suelo mi vida está aguardando la instantaneidad de unos segundos para extinguirse de una vez.
          Esta es la verdad. Como ella, jamás se ha presentado a mi mente una más rotunda. Todas las otras flotan, danzan en una como reverberación lejanísima de otro yo, en un pasado que tampoco me pertenece. La única per­cepción de mi existir, pero flagrante como un gran golpe asestado en silen­cio, es que de aquí a un instante voy a morir.

          ¿Pero cuándo? ¿Qué segundo y qué instantes son éstos en que esta exasperada conciencia de vivir todavía dejará paso a un sosegado cadáver?

          Nadie se acerca a este rozado: ningún pique de monte lleva hasta él desde propiedad alguna. Para el hombre allí sentado, como para el tronco que lo sostiene, las lluvias se sucederán mojando corteza y ropa, y los soles secarán líquenes y cabellos, hasta que el monte rebrote y unifique árboles y potasa, huesos y cuero de calzado.

          ¡Y nada, nada en la serenidad del ambiente que denuncie y grite tal acontecimiento! Antes bien, a través de los troncos y negros gajos del ro­zado, desde aquí o allá, sea cual fuere el punto de observación, cualquiera puede contemplar con perfecta nitidez al hombre cuya vida está a punto de detenerse sobre la ceniza, atraída como un péndulo por ingente grave­dad: tan pequeño es el lugar que ocupa en el rozado y tan clara su situación: se muere.

          Esta es la verdad. Mas para la oscura animalidad resistente, para el la­tir y el alentar amenazados de muerte, ¿qué vale ella ante la bárbara inquie­tud del instante preciso en que este resistir de la vida y esta tremenda tor­tura psicológica estallarán como un cohete, dejando por todo residuo un ex hombre con el rostro fijo para siempre adelante?

          El zumbido aumenta cada vez más. Ciérnese ahora sobre mis ojos un velo de densa tiniebla en que se destacan rombos verdes. Y en seguida veo la puerta amurallada de un zoco marroquí, por una de cuyas hojas sale a es­cape una tropilla de potros blancos, mientras por la otra entra corriendo una teoría de hombres decapitados.

          Quiero cerrar los ojos, y no lo consigo ya. Veo ahora un cuartito de hospital, donde cuatro médicos amigos se empeñan en convencerme de que no voy a morir. Yo los observo en silencio, y ellos se echan a reír, pues si­guen mi pensamiento.

          —Entonces dice uno de aquéllos— no le queda más prueba de con­vicción que la jaulita de moscas. Yo tengo una.

          —¿Moscas … ?

          —Sí —responde—, moscas verdes de rastreo. Usted no ignora que las moscas verdes olfatean la descomposición de la carne mucho antes de pro­ducirse la defunción del sujeto. Vivo aún el paciente, ellas acuden, seguras de su presa. Vuelan sobre ella sin prisa mas sin perderla de vista, pues ya han olido su muerte. Es el medio más eficaz de pronóstico que se conozca. Por eso yo tengo algunas de olfato afinadísimo por la selección, que alqui­lo a precio módico. Donde ellas entran, presa segura. Puedo colocarlas en el corredor cuando usted quede solo, y abrir la puerta de la jaulita que, di­cho sea de paso, es un pequeño ataúd. A usted no le queda más tarea que atisbar el ojo de la cerradura. Si una mosca entra y la oye usted zumbar, es­té seguro de que las otras hallarán también el camino hasta usted. Las al­quilo a precio módico.

          ¿Hospital…? Súbitamente el cuartito blanqueado, el botiquín, los médicos y su risa se desvanecen en un zumbido…

          Y bruscamente, también, se hace en mí la revelación: ¡las moscas!

          Son ellas las que zumban. Desde que he caído han acudido sin demo­ra. Amodorradas en el monte por el ámbito de fuego, las moscas han teni­do, no sé cómo, conocimiento de una presa segura en la vecindad. Han olido ya la próxima descomposición del hombre sentado, por caracteres ina­preciables para nosotros, tal vez en la exhalación a través de la carne de la médula espinal cortada. Han acudido sin demora y revolotean sin prisa, midiendo con los ojos las proporciones del nido que la suerte acaba de de­parar a sus huevos.

          El médico tenía razón. No puede su oficio ser más lucrativo.

          Mas he aquí que esta ansia desesperada de resistir se aplaca y cede el paso a una beata imponderabilidad. No me siento ya un punto fijo en la tierra, arraigado a ella por gravísima tortura. Siento que fluye de mí como la vida misma, la ligereza del vaho ambiente, la luz del sol, la fecundidad de la hora. Libre del espacio y el tiempo, puedo ir aquí, allá, a este árbol, a aquella liana. Puedo ver, lejanísimo ya, como un recuerdo de remoto exis­tir, puedo todavía ver, al pie de un tronco, un muñeco de ojos sin parpa­deo, un espantapájaros de mirar vidrioso y piernas rígidas. Del seno de es­ta expansión, que el sol dilata desmenuzando mi conciencia en un billón de partículas, puedo alzarme y volar, volar…

          Y vuelo, y me poso con mis compañeras sobre el tronco caído, a los rayos del sol que prestan su fuego a nuestra obra de renovación vital.



Horacio Quiroga  (1878 – 1937)

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